Billy Graham: Obedecer a Dios cueste lo que cueste

Estaban a 1500 millas (2400 km) de casa. ¿Quién lo iba a saber? ¿A quién le iba a importar? Pero sabían que Dios los observaba, y siendo aún jóvenes, se dedicaron y se comprometieron totalmente con Él. En la Biblia se nombra a estos jóvenes: Mesac, Sadrac y Abednego. Nabucodonosor, el rey de Babilonia, había conquistado Jerusalén y había llevado cautivos a estos hombres judíos. Pero estos hombres conocían la disciplina firme. Se negaron a comer de la carne del rey y a beber del vino del rey, porque la comida del rey había sido ofrecida a los ídolos. Los jóvenes sabían que eso iba en contra de la ley de Dios.

Nabucodonosor se había vuelto poderoso y egoísta. Decidió construirse una estatua a sí mismo, una gran imagen de 90 pies (27 m) de altura, hecha de oro. Entonces convocó a sus súbditos de muchos países de Oriente Próximo para que acudieran a la llanura de Dura. Allí se dijo a la gente: «Tan pronto como escuchen la música de trompetas, flautas, cítaras, liras, arpas, zampoñas y otros instrumentos musicales, deberán inclinarse y adorar la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha mandado erigir. Todo el que no se incline ante ella ni la adore será arrojado de inmediato a un horno en llamas» (Daniel 3:5-6).

«Cuando te llegue la hora de la prueba —la cual llegará si eres un seguidor de Cristo—, serás probado, tentado y sacudido. Cuando lleguen estas pruebas, actúa teniendo la eternidad en mente».

Qué escena tan colorida debió de ser aquella. Tuvieron los honores a la bandera, los desfiles y las bandas musicales. Y en lo alto de la tribuna de pronto sonaron todas las trompetas, y el heraldo hizo el anuncio: «A ustedes, pueblos, naciones y gente de toda lengua, se les ordena… deberán inclinarse y adorar la estatua de oro» (Daniel 3:4-5).

La falsa religión no duda en utilizar la fuerza. La Biblia enseña que Satanás es «el dios de este mundo» (2 Corintios 4:4). Es el «príncipe de la potestad del aire» (Efesios 2:2, RVA). Es «el príncipe de este mundo» (Juan 12:31).

Nabucodonosor ordenó al pueblo que adorara la imagen. De forma similar, en Mateo 4 leemos que también a Cristo se le pidió que se inclinara y adorara al diablo. Jesús no discutió, no debatió. Él dijo: «Está escrito» (Mateo 4:10). Utilizó la Palabra de Dios [para responder].

Por eso es importante que memoricemos los pasajes de la Biblia. Jesús utilizó la Escritura como arma. Dijo: «Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a él» (Mateo 4:10). Dios había dicho en el primer mandamiento: «No tendrás otros dioses además de mí» (Éxodo 20:3). En Mateo 6 leemos que Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24). Tenemos que elegir. Cada uno de nosotros tiene que elegir entre inclinarse ante las cosas de este mundo que son malas y equivocadas, o inclinarse ante el Dios verdadero y vivo.

Satanás le pide a la gente que se incline ante el orgullo, la lujuria y muchas otras cosas. El dinero es otra cosa ante la que Satanás quiere que nos inclinemos. Verás, la avaricia está presente en toda la Biblia, y también en nuestra sociedad. La avaricia es un ídolo.

El éxito es otro. La imagen recubierta de oro y que brilla con el sol, es la imagen erigida al éxito y a la gloria humana: «… la estatua de oro que he mandado erigir…», dijo Nabucodonosor en Daniel 3:14. No dio a Dios crédito alguno . Dijo: «Yo la construí». Y algunos de nosotros también decimos eso: «Mira lo que he hecho». «He construido este negocio». «Lo que soy lo he construido yo mismo». «Yo construí esto». «Yo hice esto». «Yo hice aquello».

Nabucodonosor podía destruir el cuerpo, pero no el alma. Jesús advirtió: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28).

Tenemos un cuerpo, pero en nuestro interior vive nuestra alma, nuestro espíritu. Esa es la parte de nosotros que vivirá para siempre. Si nos empeñamos en inclinarnos ante las imágenes de este mundo y en rechazar al Dios vivo y verdadero, seguiremos al diablo al infierno. Desobedecer los mandatos de Dios es la muerte espiritual y eterna.

Estos tres hombres hebreos no se inclinaron. Se pusieron de pie y se mantuvieron firmes. Y, por supuesto, su acción fue comunicada inmediatamente al emperador.

«Dios dice que, si queremos entrar en su Reino, tenemos que aceptar a su Hijo en nuestros corazones como Señor y Salvador y dejar que gobierne nuestras vidas».

Los jóvenes tenían algunas opciones delante de ellos. Podían haberse inclinado y evitar los problemas. Pero eso habría implicado ceder con respecto a todo aquello en lo que creían. Podrían haber razonado: «Es nuestro deber obedecer al rey». Pero tenían una ley superior. Tenían a Dios.

Podrían haber dicho: «Es solo una cuestión de forma». Al fin y al cabo, la religión es una cuestión del corazón. Dios sabe que por dentro le somos fieles, aunque por fuera nos inclinemos ante la imagen».

O podrían haberse quedado en casa ese día. Eso habría sido una cobardía. En cambio, tuvieron la oportunidad de dar testimonio a miles de personas, y la aprovecharon. Se negaron a inclinarse.

«Escojan hoy a quién quieren servir…» (Josué 24:15, RVC), dice la Escritura. ¿A quién servirás? ¿Al Dios vivo y verdadero? ¿O servirás a las cosas que el diablo pone en tu camino y a las imágenes que pone delante de ti?

Mesac, Sadrac y Abednego no podían aplazar su decisión. Tuvieron que tomar una decisión en el mismo momento en que el heraldo hizo el anuncio. Y nosotros tenemos que tomar una decisión. No podemos aplazarla. «El hombre que después de mucha reprensión endurece la cerviz, de repente será quebrantado sin remedio» (Proverbios 29:1, LBLA).

Tenemos que decir «sí» o «no». Pero algunos querrán decir «tal vez». Algunos intentarán tener un pie en ambos mundos. Pero Dios no permite eso. Jesús no negociará con nosotros. El plan del Evangelio está establecido. Dios dice que, si queremos entrar en su Reino, tenemos que aceptar a su Hijo en nuestros corazones como Señor y Salvador y dejar que gobierne nuestras vidas.

Aquellos tres hombres se negaron a inclinarse y ceder ante el diablo. Cuando te llegue la hora de la prueba —la cual llegará si eres un seguidor de Cristo—, serás probado, tentado y sacudido. Cuando lleguen estas pruebas, actúa teniendo la eternidad en mente. No juzgues la situación por la amenaza del rey ni por el calor del horno de fuego ardiente, sino por el Dios eterno y la vida eterna que te espera.

Estos valientes jóvenes desafiaron la ira del enfurecido tirano. Y como vieron a Aquel que es invisible y consideraron que el oprobio por causa de su Dios era una mayor riqueza que los tesoros terrenales (véase Hebreos 11:26-27), creyeron.

El rey les dio otra oportunidad. Pero ellos respondieron: 

«¡No hace falta que nos defendamos ante su Majestad!… el Dios al que servimos puede librarnos del horno y de las manos de su Majestad. Pero, aun si nuestro Dios no lo hace así, sepa usted que no honraremos a sus dioses ni adoraremos a su estatua» (Daniel 3:16-18). No sabían que Dios los libraría, pero dijeron: «¡No! Nos mantendremos firmes por el Dios vivo, aunque signifique la muerte».

Cuando hacemos esa elección, puede que perdamos durante un tiempo, pero ganamos para la eternidad. La pérdida es pasajera y temporal, pero la ganancia es eterna y perdurable. Estaban preparados con una respuesta. Confesaron su fe y mostraron su confianza en Dios. Estaban dispuestos a morir. Si creemos en el Señor Jesucristo como Salvador y Señor, no pereceremos, sino que tendremos vida eterna (véase Juan 3:16). Esa es la promesa.

Luego vino su castigo. Fueron arrojados al horno de fuego. Fueron al horno sin la certeza de que serían librados en la carne. Pero tenían una confianza implícita en que Dios haría lo mejor para ellos y para su Reino. Su fe descansaba en el carácter de sabiduría, verdad y amor de Dios.

Dios dice: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Apocalipsis 2:10). No fue sino hasta después de que tomaron su decisión que Dios intervino y los liberó.

«Dios está con Su pueblo en el horno de fuego. Él está con su pueblo en los momentos de tentación, problemas y pruebas. “Nada podrá separarnos del amor de Dios”, dicen las Escrituras».

El rey, dando unos pasos hacia atrás para no quemarse, miró dentro del horno. Se asombró de lo que vio y dijo: «… veo a cuatro hombres, sin ataduras y sin daño alguno, ¡y el cuarto tiene la apariencia de un dios!» (Daniel 3:25). Tres hombres habían sido arrojados al fuego, sin embargo, el rey vio a cuatro hombres.

Dios está con su pueblo en el horno de fuego. Está con su pueblo en tiempos de tentación, problemas y pruebas. “Nada podrá separarnos del amor de Dios” (Romanos 8:39), dicen las Escrituras.

Los hombres entraron en el horno de fuego tranquilos, con autocontrol y alegría. Dios estaba con ellos. Y cuando el rey ordenó sacarlos, salieron con la cabeza en alto. No se les chamuscó ni un pelo de la cabeza. Sus ropas ni siquiera tenían olor a humo. El rey se inclinó ante ellos y dijo: «¡No hay otro dios que pueda salvar de esta manera!» (Daniel 3:29). Tres jóvenes se habían atrevido a mirar a la muerte a la cara y decir: «Creo».

Eso es lo que hizo Jesucristo. La noche antes de ir a la cruz, se arrodilló y oró. Y al día siguiente fue a la cruz por nosotros, para que tuviéramos vida eterna.

Fue a la cruz, murió y resucitó para que pudiéramos ser perdonados de nuestros pecados. Si tienes alguna duda en tu corazón o en tu mente de que estás preparado para encontrarte con Dios, será mejor que la resuelvas. Arrepiéntete de tus pecados y di: «Señor, te necesito».

Entonces, por fe, recíbelo. La palabra fe significa compromiso. Significa que te entregas totalmente por el resto de tu vida a Jesucristo, no solo como Salvador, sino como Señor. Le entregas tu vida personal, tu cuerpo, tu mente, todo a Él. 

Luego le sigues, le sirves y le obedeces, cueste lo que cueste.

A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas fueron tomadas de la Nueva Versión Internacional® NVI® , ©1999, 2015. 

 ©1986 BGEA